29 de octubre de 2020
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BEIJING, 28 sep (Xinhua) -- Mientras suena La Primavera de Antonio Vivaldi, Yipsy Trujillo González se pone en puntas y pisa con pasos ligeros el aula de danza.
   Por Huang Shunda, Zhu Wanjun y Yang Guanyu
   Se produce de repente un bullicio fuera del aula: la llegada de las niñas que asistirán a la clase de la tarde.
   Yipsy deja de preparar la lección, las saluda con alegría y les revisa los vestidos y los peinados. Luego las "angelitas" elevan las faldas y entran flotando en la sala.
   En esta escuela de ballet en Sanya, ciudad costera meridional de China, todos los profesores proceden de Cuba y, de ellos, Yipsy es la que ha estado en el país asiático durante más tiempo.
   En abril de 2013, con el desarrollo vigoroso de los intercambios culturales entre ambos países, Yipsy y más de 20 colegas del Ballet Nacional de Cuba volaron a Sanya y comenzaron a ofrecer actuaciones regulares en un teatro local.
   Joven y tímida, en ese entonces no hablaba mucho y se sentía deprimida debido a lo desconocido del entorno. Durante dos años, salió muy poco, y no probó ni un solo plato chino ni hizo un solo amigo local.
   No fue hasta el otoño de 2015 que su historia llegó a un punto de inflexión. Un colega chino en el teatro, Liu Maosheng, apareció en su vida y le robó poco a poco el corazón.
   Yipsy se volvió más abierta. Un día, un amigo le presentó a una niña de cinco años que estaba de vacaciones en Sanya, con la esperanza de que la orientara en el ballet.
   A falta de acceso a un sitio apropiado, pidieron prestado el ring de boxeo de un amigo e insistieron en entrenar por varias horas al día. Con la ayuda de Yipsy, la niña progresó con rapidez y, seis meses después, ganó el primer premio en un concurso internacional en Los Ángeles.
   Fue un gran aliento para Yipsy. A fines de 2018, la cubana, recién casada con Liu, decidió establecer una escuela de ballet.
   "Quiero traer las habilidades más hermosas y el amor más puro a los niños chinos", enfatiza en entrevista con Xinhua.
   Con habilidades profesionales y paciencia, Yipsy se fue ganando la confianza de más y más padres. Invitó sucesivamente a cuatro bailarines cubanos a dar clases en Sanya. Sus colegas caribeños han enseñado a danzar a más de 400 niños chinos hasta ahora.
   Durante siete años, Yipsy no solo inició su propio negocio en el país asiático, sino que se convirtió, sin darse cuenta, en una "enviada cultural" que ha mejorado la comprensión del ballet cubano por parte del pueblo chino.
   Este año se celebra el 60 aniversario de las relaciones diplomáticas entre China y Cuba, que fue el primer país del hemisferio occidental en establecerlas con el país asiático. Ambos son buenos amigos y hermanos que dependen el uno del otro.
   Los intercambios culturales entre ambos pueblos también han mostrado un desarrollo vigoroso y el número de "enviados culturales" no ha dejado de crecer.
   A diferencia de Yipsy, el arqueólogo cubano Yosvanis Fornaris estudió en China pero luego volvió a su país, porque sentía que tenía una misión por acabar: explicar a la sociedad cubana la porcelana china y la filosofía oriental que se esconde tras las reliquias culturales.
   Yosvanis trabaja en el Museo Nacional de Artes Decorativas (MNAD) de La Habana y, hace más de una década, se encontró allí con la colección de arte chino.
   Frente a las más de mil piezas de exquisita porcelana china, quedó inmediatamente fascinado y recorrió con entusiasmo las bibliotecas locales en busca de información sobre el arte chino, pero con pocos resultados.
   La búsqueda se convirtió en una "obsesión" para Yosvanis. En 2014 ganó una beca del Gobierno chino y llegó a la provincia china de Jiangxi, donde estudió para identificar cerámicas antiguas en la Universidad de la Cerámica de Jingdezhen, pueblo chino con una historia milenaria en la producción de porcelana.
   Yosvanis valoró mucho esta oportunidad de formación. No le tomó mucho tiempo recorrer los museos locales, y después de cada clase tomaba prestados varios libros desde su profesor. Con cuatro años, obtuvo la maestría en arqueología.
   Poco después de regresar a La Habana, organizó una exposición de porcelana china del siglo XVIII en el museo, que fue la primera de ese tipo. Además, promovió el establecimiento de una sala permanente de exposiciones de cerámica oriental.
   A su parecer, lo que consiguió en China no solo es conocimiento, sino estética y personalidad con gusto oriental. En su trabajo diario tiene como hábito preparar un té, la bebida tradicional china.
   Cuando la pieza de porcelana en sus manos se vuelve cristalina a través de la luz, aparecen ante sus ojos las aldeas y pueblos bajo nieblas y lluvias de la provincia china de Jiangxi, llenos de vegetación verde y manantiales claros. Pese a estar tan lejos, a miles de kilómetros, parece que puede sentir el olor de China.
   "Ya soy medio chino. Con mis pequeños esfuerzos, espero que los pueblos de China y Cuba se conozcan mejor", declara, mientras bebe un sorbo de té.
   El intercambio cultural es diálogo entre corazones y vínculo de amistad. El encanto milenario de la porcelana y la elegancia centenaria del ballet dan un pequeño testimonio de la comunicación y el aprendizaje mutuo entre las culturas, con más sorpresas por revelar en los próximos sesenta años.
28 de septiembre de 2020
Especial